*** LAS CRÓNICAS *** 

49) El regreso del Míster y la Gringa

Norte de Perú

01-Entrando al PeruEl calendario indicaba el 26 de Junio de 2009 y el mundo estaba tratando de absorber el shock de la noticia de que el ídolo del pop, Michael Jackson, había fallecido inesperadamente de un paro cardíaco. Me había enterado de casualidad, ya que el cuarto en el que había hecho noche en Macará, mi último lugar de recale en Ecuador, tenía TV. Los canales estaban saturados con imágenes, clips musicales y detalles sobre lo que había acontecido.

Si bien estaba conmocionado por la mala nueva, para mí era un día más en el viaje, mas no uno cualquiera. Entraba nuevamente al Perú, y como en todo cruce de fronteras, había que estar más atento que de costumbre. En comparación al paso de la costa, éste era muy relajado, sin grandes aglomeraciones. Tan relajado que mientras atravesaba el puente que dividía las naciones, debajo del mismo pasaba gente con el agua hasta la cintura acarreando chanchos de contrabando. Tendría algo que ver con la mentada fiebre porcina? No creo, se veía más bien como un simple recurso, precario por cierto, para pasar los animales evitando los controles de rigor. Lo pintoresco del caso, más allá de lo bizarro de la situación, era que toda esta operación era perfectamente observable desde el puente y ninguna de las autoridades parecía estar muy interesada en lo que pasaba debajo de sus narices. O debajo del puente.

Hacia TrujilloConseguí los sellos de rigor y en pocos minutos me encontré una vez más rodando por Perú. El entorno no era muy amistoso y los puestos ambulantes rebosantes con el caos de sus mercaderías eran el único signo de civilización en las cercanías. De cada uno de ellos ya oía el perturbador y despectivo grito de “gringo!!” que despertaba mi paso. No iban a ser unos meses fáciles…

Delante de mí se extendía el árido paisaje que era tan sólo el preludio a lo que me aguardaba para en los próximos días. Los árboles se asemejaban más a un extenso muestrario de arbustos achaparrados y la tierra volaba tratando de reconquistar el terreno ganado por el asfalto por el que circulaba.

Pero más allá de la desazón que infundía el panorama, intensificado por un cielo gris y opaco, había algo que no estaba del todo bien. Unos sonidos extraños resonaban en el ambiente y no Poblados del Norte de Peruera producto de la falta de aceite en la cadena de Maira. Ni del roce de los pedales. Ni de alguna molesta fricción en el asiento. El ruido venía de mis propias entrañas, que crujían al tiempo que sentía que se me retorcían las tripas. La parada obligada me dejó bien en claro que mi última cena se negaba a ser digerida por mi organismo, y cual sifón a presión, era expulsada inexorablemente en una lluvia lateral que marcaba el terreno como los nidos de los piqueros pata azul en la Isla de la Plata, en Ecuador.

El panorama era desalentador por donde se viera, y completar los casi 100 kilómetros hasta Tambogrande, la primera población en el camino, fue toda una odisea. El cartel que decía “Sonríe, estás en Tambogrande” no generó los efectos esperados por sus creadores. Totalmente deshidratado y con la cabeza palpitando de la fiebre, busqué el primer lugar donde pudiera tirarme en una cama y me desmayé.

El sopor me duró poco. Estaba en un tercer piso que daba a la avenida principal del pueblo, que pasadas las 17 horas se convirtió en un hervidero increíble. Decenas de estudiantes salían del colegio, cientos de mototaxis recorrían la arteria con su zumbido insoportable haciendo el clásico uso desmedido de la bocina, miles de radios hacían tronar música en cada rincón.

Por los caminosMedio vivo, medio muerto, bajé para conseguir algo de comer y beber, y entonces tuve mi primer choque cultural. Como si fuera un monstruo gigante de inconmensurables medidas, los adolescentes me miraban casi con horror, cuchicheando como si no entendiera que hablaban de mí, gritando despavoridamente si les dirigía la palabra. No era para tanto! Me había bañado y hasta tenía ropa limpia! Sólo era un poco más alto que el estándar local, tenia pelo largo y ojos verdes…claro, era un gringo! Entré en la primera tienda que encontré y tuve mi segundo choque, esta vez comercial. Una señora a la que parecía molestarle que le quisiera comprar sus productos y dejarle mi dinero, de muy mala gana y sin siquiera levantar la vista, me cotizó la mercadería como si comprara artesanías de oro.

“Seño, el Sporade no cuesta 6 soles! Vale la mitad! O acá hubo inflación recientemente??”

Caserios a la vera del caminoInmutable, la vendedora mantenía su actitud y sus precios. Un recitado detallado de los verdaderos costos que ya conocía de antemano me logró conseguir un descuento, aunque sabía que aún así, me estaba estafando. Pero no estaba en condiciones de salud como para reclamar o seguir buscando en otro lado. Estaba pagando la tarifa de turista, de gringo, un maldito estigma que me acompañaría por todo mi recorrido en Perú.

La mala onda inicial que sufrí en Tambogrande fue reemplazada por el remanso de paz que resultó ser Chulucanas. Mis energías no daban como para hacer grandes distancias, así que opté por pedalear 40 kilómetros por un polvoriento camino de tierra que me llevó hasta este increíblemente limpio y tranquilo pueblito. Por fin pude descansar como era necesario y reflexionar sobre el próximo tramo que se avecinaba.

Tanía dos opciones: dirigirme hacia Piura y atravesar los 200 kilómetros de arenas del desierto de Sechura, u optar por la antigua ruta Panamericana, que iba más hacia el interior, atravesando algún que otro poblado y con un toque de vegetación arbustiva decorando los horizontes. La elección no se hizo esperar: el antiguo camino! Y no por temor al desierto y su vastedad. Sabía de antemano que la región de Piura era una de las más peligrosas para los cicloviajeros, puesto que al ser detectados en su paso por la ciudad, eran una presa fácil de ser capturada y robada unos pocos kilómetros adelante, en medio de la nada. Doro & SvenMi amigo suizo Jonas Lambrigger, inspirador de esta travesía, había sufrido esa mala suerte en su paso por la misma región allá por el año 1998 y de pura casualidad había conservado su bicicleta luego de que lo amordazaran y encañonaran en la cabeza con una pistola. Con lo poco que le quedó se trasladó a Lima y desde allí gestionó las cosas con su compañía de seguros para recuperar su equipo y proseguir viaje. El seguro contra robos era algo de ciencia ficción para mí, por lo que si acontecía semejante desgracia, no habría posibilidades de continuar pedaleando. Mejor prevenir que curar, no?

Las nubes parecían venir incluidas con el paisaje en esta época del año. Si bien colocaban un manto de desazón en el entorno, al menos eran una buena barrera contra el sol, que de otro modo era calcinante. Venía perdido en los divagues propios del camino cuando me pareció ver un espejismo. Eran o no eran? Sí, eran! Un par de cicloviajeros!!! Qué emoción! Dorothee y Sven resultaron ser una simpática pareja de alemanes que estaban haciendo el recorrido inverso al mío. Habían partido de Ushuaia e iban con destino hacia Alaska. Intercambiamos saludos, información y sonrisas. Venían de Trujillo, mi próxima parada, de la reconocida Casa de la Amistad o Casa de Ciclistas de Lucho. Era muy emocionante tener datos de primera mano de este mítico lugar del que había escuchado hablar durante tantos años…

Nos despedimos con ese sabor único de los encuentros por los caminos con otros viajeros y proseguí rodando a través de rectas interminables, salpicadas de árboles que si bien tenían hojas verdes, no paliaban la sensación de sequedad absoluta del ambiente.

Hospedaje en OlmosDespués de rodar casi 130 kilómetros y con un cansancio acumulado que superaba lo recomendable, llegué al pueblo de Olmos. Era sábado por la noche y el ambiente de borrachines no era el más propicio para andar dando vueltas sin rumbo fijo, así que recalé en el primer hospedaje económico que pude encontrar. El único mejor dicho! El sitio era un verdadero tugurio, atestado de intrincados y angostos pasillos, estrechas escaleras y con inquilinos que no inspiraban ninguna confianza. Pero el precio era aceptable, si bien creo que me deberían haber pagado a mí por quedarme ahí! La ventana rota daba a la esquina de la plaza central, que era un anárquico concierto de ruidos y música. Sabía que duraría toda la noche, tenía que tener paciencia. Las condiciones de higiene del baño me hicieron dudar de si era más conveniente usarlo o emplear una botella descartable. Las cucarachas regenteaban cada rincón del lugar y no había dudas de que eran las verdaderas dueñas del inmueble. Opté por colocar mi aislante y usar mi bolsa de dormir como sábanas.

Museo Reales de SipánEl nivel de urbanidad fue creciendo paulatinamente, en un caótico entrecruzado de cables y antenas de televisión que pugnaban por ganar el espacio aéreo de cada caserío o poblado que atravesaba. Finalmente llegué a Lambayeque, ciudad cercana a la urbe de Chiclayo, punto de encuentro con la primera Aldea Infantil SOS que visitaría en este país. Varias personas me habían recomendado no pasar de largo la posibilidad de conocer el Museo Tumbas Reales del Señor de Sipán , un verdadero oasis arqueológico sobre la cultura preincaica Mochica. Inserto en unas instalaciones espectaculares y modernas, el Museo permite reconstruir la vida y sobre todo, el ceremonial de la muerte, de los grandes Señores gobernantes de dicha cultura. Años de trabajo y dedicación han permitido sacar a la luz la magnificencia y majestuosidad de este período histórico con un detalle escalofriante. Algo definitivamente para no perderse!

Una vez llegado a la Aldea SOS, los días en Chiclayo se pasaron volando. La recepción fue impecable y quedé gratamente impresionado con el funcionamiento de la Organización en Perú, tanto en el programa de Acogimiento Familiar como en el de Fortalecimiento Familiar, de prevención del abandono infantil.

Por los desiertosLa costa peruana me aguardaba con una aridez máxima, atravesando la ruta costera por desiertos infinitos que eran abruptamente interrumpidos de tanto en tanto por manchones verdes que parecían utópicos en semejante entorno. Era la magia del riego artificial por goteo, que estaba cambiando la fisonomía de esas grises tierras, convirtiéndolas en terreno productivo para el cultivo de alimentos. El viento no daba tregua y soplaba en contra con una furia desmedida, frenando de manera implacable el avance con Maira. Los más de 100 kilómetros hasta Pacasmayo se hicieron eternos. Los conductores parecían encontrar un placer extra en tocar la bocina de sus vehículos con una aspereza y dedicación únicos! Qué densos que eran! Inclusive teniendo todo el camino libre, parecía que por ley estaban obligados a apretar hasta el tope las molestas chicharras que no colaboraban a que el progreso fuera más llevadero. Viento y bocinas, desierto y rectas interminables, ausencia de banquinas y ánimos irritables. No veía la hora de llegar!!!

Atardecer en PacasmayoPasando frente a un kiosco de revistas y diarios me llamó la atención uno de los titulares. Decía algo sobre Argentina! Al mirar con detalle ya no me alegró tanto la cosa: los casos de fiebre porcina o gripe A1H1 parecían estar haciendo estragos en mi patria. Aparentemente las negligencias derivadas de poner como prioridad las elecciones regionales antes que la prevención por la epidemia habían saltado a la luz con una cantidad de casos escalofriante! Mientras tanto, por los lugares por los que yo transitaba, nadie parecía estar muy preocupado por esas cuestiones de alcance mundial y más bien la gente se concentraba por la supervivencia diaria a nivel local.

Por mi parte, había llegado el momento de tomar otra gran decisión de logística. Para poder llegar a Trujillo al día siguiente era preciso atravesar un poblado llamado Paiján. Aparentemente uno más dentro de las urbanizaciones algo precarias y caóticas de la costa por la que estaba transitando, pero en este caso, tenía un historial especial y algo macabro. Al parecer en esta localidad últimamente se habían especializado en robar a los cicloviajeros, a sabiendas de su paso obligado desde o hacia la Casa de Ciclistas de Lucho. Ya eran varios los casos denunciados y supuestamente, la policía no parecía estar muy interesada en hacer algo al respecto. Si uno viajaba solo, era mujer o veterano, se recomendaba saltear el tramo en vehículo. Eran unos 15 kilómetros donde todo podía salir mal. Yo iba solo, tenía pelo largo y mis marcas en la cara denotaban fácilmente los años que llevaba expuesto a las inclemencias climáticas.

Trafico insolitoLa idea de cargar todos mis bártulos en un bus era algo utópica. Muy complicado con tantos bolsos y ni qué decir, con la bici. Más utópico aún parecía que alguien me llevara haciendo dedo. Así que tomé el toro por las astas y me mandé estilo kamikaze. Junté coraje y salí nuevamente hacia el corazón del desierto, batallando contra vientos ridículamente fuertes y que virtualmente me demandaban el doble del esfuerzo tradicional. Aflojé el machete que llevo al costado de la bici desde el Amazonas y lo dejé medio suelto, como para sacarlo y demostrarle a cualquiera que intentase abordarme que no iba a ser hueso fácil de roer. Como protección extra, llevaba un aerosol de pimienta para defensa personal ya listo para ser utilizado, agarrado en la mano junto con el manubrio. Tal vez fuera un poco paranoico, pero no estaba demás tomar precauciones si era posible!

Cuando me fui acercando a Paiján extremé mi atención en todos los sentidos. A pesar de ir viento en contra y levemente en subida, trataba de mantener un ritmo ágil y rápido de manera de salir de ahí lo antes posible. Había llegado al centro del lugar cuando observé que tres jóvenes con cara de pocos amigos se bajaban de un mototaxi adelante mío y se alineaban al lado del camino. Al pasar a su lado uno de ellos se acercó y me gritó:

“Me gustan tus lentes, se pueden perder!”

Sus intenciones eran claras y el nivel de intimidación evidente. Sin pensarlo dos veces le respondí con voz bien fuerte:

“Me gusta tu culo, se puede romper!!!”

Mi interlocutor se quedó duro, estaqueado del asombro. Primero porque “el gringo” le había respondido en un castellano muy claro, y segundo, por tamaña guarangada que lo dejó pensativo un rato, tiempo suficiente para que prosiguiera con un paso veloz hacia las afueras del poblado. Miré por el espejito retrovisor todo el tiempo, rogando que no se lanzaran a mi persecución para tomar venganza o cumplir con sus dichos, so pena de que yo tuviera que cumplir con los míos! Pero para mi asombro, en su lugar pude apreciar que lentamente era seguido por una patrulla de la policía. Por mi cabeza se cruzaron las ideas conspirativas más delirantes. Estarían de acuerdo con los ladrones? Me agarrarían a poco de salir de la zona urbana? Por qué me acechaban? Me escoltaban? Era por protegerme? Mis dudas se esclarecieron al ver que luego de unos kilómetros, me pasaron, giraron en U y se apostaron del otro lado de la carretera, tomando su puesto en uno de los habituales controles de tránsito en los accesos a las poblaciones. Me había salvado!!!! Avancé un poco más y por fin, cuando consideré que estaba fuera de peligro, paré a recuperar el aliento y, en lo posible, relajarme.

CortavientosEl viento se había vuelto insoportable. Las ráfagas arrastraban kilos de arena sobre la carretera, al tiempo que mi cuerpo era aguijoneado por micro misiles implacables de manera permanente. La bici se resistía a avanzar a una velocidad decente y el grado de exasperación iba en aumento. La salvación vino de la forma menos esperada. Por el espejo reconocí una masa informe que se acercaba lentamente por detrás, que recién comprendí cuando me superó. Era un hombre que transportaba en su desvencijada moto decenas de bolsas cargadas de botellas de plástico, apiladas una sobre otra, asomándose por todas partes. De este modo su vehículo se convertía en una excelente barrera contra el viento, por lo que no lo dudé y me puse detrás de él, aprovechando el efecto protector que ejercía. A poco de seguirlo se quedó sin nafta y para congraciarme con el algo malhumorado conductor, que no se veía muy feliz arrastrando un “gringo” detrás suyo, le ofrecí pagarle la nafta a cambio de que me permitiera seguir con él hasta el acceso a Trujillo. De este modo poco heroico y gracias al reciclaje, pude sortear los últimos kilómetros del recorrido y por fin llegar a la ciudad peruana donde se encontraba la mítica Casa de Ciclistas de Lucho.

Mi casa es tu casa

Con Lucho y su familiaTodo viajero en bicicleta que ande recorriendo el mundo, América, Latinoamérica, Sudamérica o Perú tiene una cita obligada e impostergable: visitar la Casa de la Amistad o Casa de Ciclistas en Trujillo, de Luis Ramírez D'Angelo, popularmente conocido como Lucho. Un verdadero hito de peregrinación que ya lleva más de 25 años de existencia y que constituye un elemento imprescindible para completar el espíritu de cualquier travesía.

La Casa de la Amistad es el hogar de Lucho y su esposa Aracelli, que junto con sus hijos Ángela y Lance forman una verdadera familia para aquellos que han dejado atrás la propia. Lucho es un reconocido competidor en ruta y si bien nunca ha realizado travesías de largo aliento en bicicleta, con Las tortas de Aracelliuna sencillez y humildad que conmueven ha venido recibiendo aventureros a pedal por más de dos décadas, brindándoles un lugar seguro para descansar. Más aún, es un excelente mecánico que con una prolijidad y calidad difíciles de encontrar en los caminos, deja como nuevas cada una de las máquinas que arriban al lugar, tan fatigadas y cansadas como sus navegantes.

Aracelli complementa el aspecto gastronómico de los viajeros con unas gigantescas y exquisitas tortas de chocolate que coquetean con los límites de la diabetes, además de cocinar unas empanadas al horno que satisfacen como ningunas. La calidez de su hija Ángela y el pequeño terremoto sobre ruedas de Lance completan el marco de esta familia que generosamente da lo que tiene por los demás.

Quedarse en la Casa de Ciclistas no tiene costo. Es completamente gratuito. Tampoco hay límites de tiempos. Uno puede permanecer allí lo deseado o necesario, siempre y cuando haya capacidad para quedarse. Sin embargo, considerando el esfuerzo que hace Lucho y su familia por mantener el lugar y que son trabajadores humildes y esforzados, nunca está demás colaborar con algo. Como si fuera un teatro a la gorra, en función al presupuesto que uno maneje, se sugiere aportar un granito de arena ya sea con dinero para afrontar los gastos de los impuestos y el alquiler del inmueble, equipo de viaje que pueda quedar atrás y ser reutilizado o comercializado por Lucho, o lo que sea. Todo suma para que este maravilloso lugar pueda seguir existiendo.

La historia comenzó hace casi tres décadas, cuando Gianni Epidotti, italiano dueño del restaurant Dimarco, se sintió conmovido por la gesta de los viajeros en bicicleta que pasaban esporádicamente por la ciudad y sin dudarlo, comenzó con la tradición de agasajarlos brindándoles un cuarto de hotel y cuanta comida pudieran y desearan consumir en su establecimiento. Pero con el tiempo los viajes de este estilo se volvieron más frecuentes y el número de ciclistas aumentó al punto de volver esta costumbre insostenible. Entonces Lucho tomó la posta. Su humilde casa se convirtió en lugar para hospedarse y su cocina la de muchos otros. Con el tiempo y el aumento de popularidad del lugar, el aporte de muchos viajeros logró que se construyera una habitación específica para los visitantes y en los últimos años, a que Lucho y su familia se pudieran mudar a una sencilla vivienda cercana para tener un poco más de privacidad.

Mural Casa de la AmistadUn mural muy particular da la bienvenida al recién llegado: representando la unión entre un ciclista de competencia y uno de turismo, ambos desde sus respectivas bicicletas sostienen el mundo con sus manos. El dibujo fue ideado por Lucho y lo pintó en noviembre de 1996 el colombiano Juan Carlos “Tumbelino” Pérez. Su hermano Yesid y el propio Lucho fueron los modelos que posaron para el cicloartista, dejando este sello inconfundible que todo visitante lleva como recuerdo en su cámara de fotos al momento de la partida.

Visitar este lugar tiene una mística muy especial. Recorriendo los 5 voluminosos libros de Oro se pueden reconstruir los viajes y travesías de centenares de viajeros. Rostros, experiencias, artículos de diarios, Lucho en accionmapas, dibujos, saludos y datos de logística abundan en sus hojas que rebosan de historia. Los idiomas de los viajeros se entremezclan en una suerte de torre de Babel que trasciende las diferencias culturales, ya que todos los mensajes tienen un espíritu en común: expresar su eterna gratitud a Lucho y los suyos por todo lo recibido.

Fue muy emotivo bucear en sus páginas y encontrarme con las huellas de aquellos ciclistas que hace muchos años resultaron fuente de inspiración para que yo estuviera allí en esos momentos. Los legados de Udo Moessner, Thomas Wallenfels, Bruno Scarsella, Johnny & Anne O'Brien y Christine Roy me ponían la piel de gallina! Más aún al ver la foto de Udo en Alaska, al comienzo de su viaje, que me regalara en su paso Con Claire, Michael, Max, Franziska y Alex en la Casa de Ciclistasposterior por Mar del Plata y que durante tantos años brillara como fuente de inspiración en la puerta de la heladera de mi casa. Tantos años habían pasado, una década, y ahí estaba yo ahora, escribiendo las páginas de esos mismos libros. También mis recientes hermanos de ruta, Oscar Cañón y Japhy Dhungana. O de aquellos que había conocido por el camino, como Andrea Vallejo, Igel y Paola (de la casa de ciclistas de San Agustín, Colombia), Doro y Sven, Michael Offele…y por supuesto, esos viajeros emblemáticos como Heinz Stuecke, un alemán que ha batido todos los records de permanencia en los caminos, con más de 40 años de viaje ininterrumpidos a lo largo y ancho del mundo. Pero la emoción se volvió incontenible cuando me crucé con los recortes de ese viajero con quien me siento muy identificado y quien respeto y admiro como a ningún otro por su dedicación y trabajo social: Álvaro Neil, el Biciclown , que dejó su impronta en Trujillo cuando pasó en su primer viaje por Latinoamérica y ahora se encuentra dando la vuelta al mundo en bicicleta regalando sonrisas por cada sitio que pasa.





Tal acervo de historias y viajes increíbles no hacía más que despertar un enorme sentimiento de humildad hacia la travesía propia, que ante el cúmulo de experiencias reflejadas allí, pasaba a ser un mero engranaje más en una enorme maquinaria de concretar y llevar adelante los sueños de cada cicloviajero. Me tocó el honor de ser el visitante número 1147 de la Casa de la Amistad.

Además de todo esto, el hecho de llegar a conocer a Lucho tenía una relevancia especial para mí. Sabía de la existencia de su Casa de Ciclistas desde 1999. Ese año, en un camping de Cafayate, Salta, había coincidido con una pareja de viajeros, Johnny y Anne, que venían recorriendo en bicicleta Latinoamérica desde México. Compartimos esa noche con la camaradería habitual de los ciclistas y nos despedimos al día siguiente en nuestros respectivos rumbos. Ellos iban hacia el sur, yo hacia el norte.

Cicloviajero experimentadoUna vez que Johnny y Anne culminaron su viaje en Ushuaia aceptaron mi invitación y vinieron a pasar un par de semanas a mi casa en Mar del Plata. Allí se afianzaron los lazos de amistad que veníamos entretejiendo a la distancia y en el año 2000 las vueltas de la vida nos volvieron a reunir, esta vez en su lugar de residencia, Londres. Había obtenido una beca para hacer una pasantía por mi doctorado en la Universidad de Liverpool y la cercanía me permitió ir a visitarlos en varias ocasiones. No sólo me recibieron como a uno más de su familia, sino que además me contaron de la historia de Lucho. Conocedores de que el sueño de toda su vida era el poder presenciar en vivo y en directo la famosa competencia del Tour de France, Anne inició una campaña de recaudación de fondos entre amigos y ciclistas para poder costear el pasaje y la estadía para Lucho, cosa que estaba más allá de sus posibilidades económicas. Me sumé a la campaña y pude seguir a través de ellos la odisea fantástica que le tocó vivir a Lucho siendo parte activa de la comitiva que seguía la carrera. Desde ese momento sentí que ya lo conocía a pesar de no habernos encontrado en persona. De allí que fuera doblemente significativo para mí el hecho de llegar a la Casa de Ciclistas en Trujillo. La partida de Trujillo

Tal como imaginaba, resultó ser un sitio de encuentro con gente en la misma frecuencia que uno, del “palo”. Ideal para intercambiar datos, experiencias, consejos, observar y valorar el modo de viaje de cada uno. Un lugar para apreciar la filosofía de vida de cada unos de estos “locos” que pasaba por la casa. Un hervidero de bicicletas cargadas de historias, un ir y venir de personalidades y caracteres disímiles que eran cohesionados por una misma pasión: los viajes en bicicleta.

Mi paso por allí no fue la excepción y tuve la oportunidad de cruzarme con varios viajeros: Charlie, de Estados Unidos; Michael, Ciska, Jesse y Sammy Verhage, una familia australiana con dos hijos adolescentes que venía recorriendo el mundo a pedal en sus modernos tándems; Claire Van der Plank, de Australia; Max Peer, de Austria y Alexander Montagnani, de Inglaterra. Alex me contó que sabía de mi existencia por mi página web y que incluso había sido parte de la inspiración para estar en esos momentos allí con su bicicleta. Al instante de conocerlo tuve la sensación de que compartiríamos más experiencias juntos en un futuro no muy lejano.

Lo que no me esperaba ni en el más delirante de mis sueños era el reencuentro inesperado que sucedió mientras estaba en Trujillo. Había ido a revisar el correo electrónico al centro cuando me encontré con una noticia que me dejó más que sorprendido: Franziska, mi amiga de Suiza y con quién habíamos compartido parte del viaje en la zona selvática de Perú y en Ecuador, me contaba que tenía un mes libre antes de comenzar los estudios para policía en Suiza y que como había encontrado un pasaje económico a Perú, estaba viajando y llegaba a Trujillo al día siguiente para rodar unas semanas más conmigo! Me llevó un rato superar la sorpresa inicial, era algo que verdaderamente no me hubiera imaginado nunca!!!

La segunda parte

Una vez que llegó Franziska, pasamos algunos días más en la Casa de Ciclistas. Aprovechamos para conocer las ruinas de Chan-Chan, una ciudad precolombina de adobe construida en la costa norte del Perú por la cultura chimú . Se la considera la ciudad construida en adobe más grande de América Latina y la segunda en el mundo. Si bien contratamos una guía para poder sacarle mayor Ruinas de Chan Chanprovecho a la visita, su intrincado inglés hizo que no entendiéramos mucho sus explicaciones y finalmente optamos por imaginarnos libremente las historias que se escondían detrás de los inmensos muros de adobe. Tal vez no hayamos aprendido nada, pero al menos fue entretenido!

La partida se demoró un par de días más de lo planeado ya que mis cambios se resistían a funcionar correctamente y hasta que Lucho pudo hallar la solución, no tuvimos más remedio que esperar. Claire había arrancado un día antes que nosotros y Alex con Max estaban recién llegados como para seguir camino. De todos modos íbamos en la misma dirección y seguramente nos cruzaríamos en la Cordillera Blanca. El 13 de Julio, Hacia el desiertodespués de las fotos de rigor celebrando mis 31.000 kilómetros de viaje, con la familia y junto al mural en el frente de la casa, emprendimos el camino con Franziska acompañados por Lucho. La escolta de honor que nos brindó nos sacó de la ciudad por una vía más segura que la tradicional y que sólo un local como él podía conocer. Así se inició esta segunda etapa de pedaleo acompañado por mi amiga suiza, que también acarreaba ribetes sentimentales.

Rápidamente dejamos atrás las huellas de la urbanización y nos adentramos en el árido desierto que caracteriza la costa peruana. Las nubes seguían acompañando el paisaje que parecía no querer desprenderse de ellas. Las líneas amarillas de la ruta eran el único toque de color en la soporífera homogeneidad del paisaje. Las montañas de abalanzaban desde la izquierda, tratando de empujar la estrecha franja de planicie costera hacia el mar. Esa noche pernoctamos en el pequeño poblado de Chao, donde la oferta gastronómica volvió a reducirse a lo que era habitual fuera de las grandes ciudades: pollo a la brasa con papas o el inefable chifa, comida china.

La magia del riego artificialHicimos unos pocos kilómetros más y nos internamos en una vía alternativa que servía de atajo y además nos evitaba tener que pasar por la peligrosa ciudad de Chimbote. La huella de tierra conducía a través del valle del río Santa, fuente de agua de toda la región y que estaba siendo empleado para convertir el improductivo desierto en grandes extensiones de tierras cultivables. Llegamos hasta la Bocatoma y en el Campamento Chavimochic nos permitieron armar la carpa para descansar. Se venía el tramo interesante, encarando hacia el Cañón del Pato, que nos llevaría hasta el espectacularmente escénico callejón del Huaylas, un estrecho valle encerrado entre la imponente Cordillera Blanca y la Cordillera Negra.

El breve respiro que nos dio el regresar a la cinta asfáltica se esfumó al llegar a Estación Chuquicara, un agrupamiento de casas en medio de la nada que constituía el último punto de reabastecimiento por unos cuantos kilómetros. Allí empezaba la verdadera aventura, la trepada paulatina hacia el seno de las montañas, por un camino de ripio en pésimas condiciones que ponía a prueba permanentemente la fortaleza de las bicicletas y la pericia de sus conductores.

Comienza lo dificilLos paisajes se volvían cada vez más imponentes, dignos de admiración y asombro. Los cielos se mostraban límpidos y azules, y el sol era ahora un aliado infaltable de cada día. La huella se escurría en un apretado valle que se hacía cada vez más estrecho. El recorrido contaba con 46 túneles, y a poco de andar, ya comenzábamos a atravesar algunos de ellos. La polvareda que quedaba suspendida en el aire después del paso de algún vehículo era impenetrable, y mucho peor aún en el interior de los túneles, donde parecía quedar sujeta por una red invisible en el aire. Cada vez que ingresábamos en las entrañas de las montañas era un desafío mortal que había que atravesar lo más rápido posible para reducir el riesgo de quedar apachurrado por algún camión. Simplemente no Cañon del Patohabía espacio para todos…

El ir en constante ascenso no simplificaba las cosas y en los túneles prolongados la descarga de adrenalina era apabullante. Más de una vez tuvimos que buscar refugio en los huecos laterales que sirven de respiradero y para la entrada de luz, ya que el rugir de algún motor retumbando en las paredes nos advertía del avance de algún coche a velocidades desmedidas.

La trepada de 1000 metros de desnivel en un terreno tan duro y exigente hizo que la noche nos atrapara cuando aún faltaba el repecho final para alcanzar el poblado de Yuracmarca. Cuando llegué Cañon del Patocon Maira, Franziska ya había encontrado un sitio básico (muy básico) donde pasar la noche y estaba recuperando energías en un puesto de comidas. Inmediatamente me sumé y luego de una breve ducha helada para quitarme la capa de tierra que me cubría, me desmayé en el desvencijado simulacro de cama que tenía la habitación.

Quedaba la etapa final, la más difícil. Luego de pasar por el pintoresco poblado de Huallanca, sede de la central hidroeléctrica homónima construida en el seno de la montaña, una trepada abrupta desembocaba en el tramo más estrecho del valle, el conocido como el Cañón del Pato. En su parte más angosta la garganta del cañón medía escasamente 12 metros y sus paredes subían verticalmente más de 60 metros, para continuar ascendiendo hasta los cinco mil. Vertiginosamente estremecedor e ideal para ser disfrutado desde una bicicleta.

Luego de ganar otros 1000 metros de altitud y tapizados hasta el último centímetro de nuestros cuerpos por el polvo, llegamos junto con el atardecer a la pintoresca población de Caraz. Era el punto estratégico para hacer base y recorrer parte de los atractivos de la majestuosa Cordillera Blanca, coronada por el coloso Huascarán, la montaña más elevada del Perú con sus 6768 metros de altura.

Tunel Tunel Tunel

Mientras buscábamos un lugar donde cenar nos encontramos con Claire, la ciclista australiana que conocimos en lo de Lucho y que había llegado un día antes que nosotros. Inmediatamente conformamos un grupo turístico para ir a visitar la laguna Parón, la más grande de la Cordillera y que queda a sólo 32 kilómetros de Caraz...la mayoría en subida, claro está! Emplazada a 4185 metros de altitud, sus aguas color esmeralda se encuentran rodeadas de colosos montañosos y en un día despejado, se pueden apreciar el pico del nevado Artesanraju, los nevados Pirámide de Garcilazo, Huandoy Norte, Pisco, Chacraraju y Paria. Un lugar verdaderamente mágico e imperdible de conocer.

Laguna ParonLa relación sentimental con Franziska venía un poco complicada. Rememorando las épocas vividas anteriormente, oscilábamos en un vaivén de estados emocionales que se asemejaba a las irregularidades del terreno. Por alguna misteriosa razón, nuestros caracteres chocaban constantemente y parecía que no podíamos tener una interacción pacífica en el largo plazo. Esto se veía agravado notoriamente cuando había terceros en discordia, ya que Franziska era muy demandante y absorbente, dejando poco lugar para interactuar con otra gente. Eso justamente era lo que me resultaba más complicado de sobrellevar, considerando mi naturaleza habitual de relacionarme hasta con las piedras cuando viajaba en solitario.

Torta de cumpleEl día de mi cumpleaños número 36 las cosas empeoraron aún más. La jornada completa fue una sucesión de malos entendidos y desencuentros que llevó a que se convirtiera en lo opuesto a lo que debería haber sido. La torta fue lo más destacable de una jornada destinada más bien para el olvido. Para peor, un estado gripal incipiente hizo decaer mi estado físico y Franziska se pescó un malestar estomacal que la dejó en cama por dos días.

A pesar de las circunstancias habíamos planeado realizar el trekking de Santa Cruz, una de las caminatas más tradicionales y populares de la Cordillera Blanca, que durante 5 días nos llevaría por paisajes de increíble belleza. Decidimos hacerlo en sentido horario, es decir, comenzando desde Cashaspampa y terminando en las lagunas de Llanganuco, cerca de Yungay.

Alquilamos una mochila y fuimos por nuestra cuenta, ya que preferíamos hacerlo de manera independiente y no en grupos organizados, como iba la mayoría de la gente. Caminando varias horas por día por caminos empedrados en medio de las montañas, entre los 2900 y 4800 metros de altura, fuimos avanzando tratando de esquivar las lluvias y a los nutridos grupos de caminantes. En ocasiones las caravanas de burritos llevando carga eran interminables y sus huellas eran patentes en todo momento. No había manera de evitar andar pisando bosta de burro en los senderos o en los sitios designados para el acampe. Los baños estaban en tan precarias condiciones, que los ocasionales visitantes optaban por utilizar los arbustos aledaños dejando un reguero de papel higiénico usado, muy poco ecológico y para nada agradable. Ese costado lamentable era compensado por la belleza cautivante de las vistas y los picos nevados que coronaban la región.

Reecuentro con ciclistas en Huaraz Caraz

Un breve pero desgastante desvío nos llevó hasta el campamento base del Alpamayo, la montaña nevada que ostenta el título de ser la más bonita del mundo. Inclusive dicen que es la que se tomó como referente para la imagen de la Paramount Pictures. Lo que no sabíamos es que ese perfil hollywoodense estaba del otro lado de la montaña, al que se accedía luego de una tortuosa y mucho más complicada travesía. No importaba, este costado era suficientemente hermoso como para dejarse atrapar por sus laderas escarpadas, rebosantes de color en el frío atardecer.

Luego de atravesar el paso más alto del recorrido, Punta Unión, con 4750 metros de altura, nos internamos en un valle más húmedo y que paulatinamente se fue cubriendo de vegetación frondosa. Una ardua y extensa caminata nos permitió llegar hasta Huaripampa, donde acampamos e hicimos noche. Tradicionalmente restaba el día final del recorrido, hasta Vaquerías, donde la mayoría de la gente se regresa en minibús. Pero nosotros queríamos llegar hasta las lagunas de Llanganuco a pie, lo cual implicaba realizar un segundo paso, el Portachuelo, con 4767 msnm. Armamos campamento en la base de la trepada y al día siguiente nos dispusimos a continuar con la caminata. Pero el clima se había tornado agresivo y unas nubes negras como la noche presagiaban lo peor. Para colmo, la huella se había difuminado en la nada y estábamos obligados a marchar sobre el camino de ripio, mucho más vueltero y extenso que la senda del caminante. El frío arreciaba y el cansancio acumulado era extremo. Estábamos jugados, a sabiendas de que no llegaríamos a la cumbre en un tiempo razonable y de que el temporal no iba a tardar en caer sobre nosotros. El paso providencial de un camión fue el salvavidas que necesitábamos. Hicimos dedo y después de arreglar un precio decente (siempre había que regatear y nada era gratis en estas latitudes) nos subimos y pudimos relajarnos y disfrutar del paisaje que nos rodeaba. A poco de andar se desencadenó la tormenta, que resultó ser una nevada de lo más intensa. Igualmente nos bajamos en la cumbre del Portechuelo ya que desde allí queríamos realizar el descenso a pie. Mientras sacábamos unas fotos, paró un minibús. Pensamos que querían ofrecer sus servicios para ahorrarnos la bajada, pero en realidad, eran Alex y Max que habían culminado su caminata en Vaquerías e iban de regreso hacia Huaraz!!! Qué mundo pequeño!! Nos miraban incrédulos al encontrarnos a esta altura, capeando la nevada y aún con ganas de bajar de la montaña caminando!!

Valió la pena. A poco de andar el cielo volvió a abrirse, y con en nevado de Huascarán a nuestra izquierda, hicimos el vertiginoso descenso hacia las aguas turquesas de las lagunas de Llanganuco.





De regreso a Caraz me tocó cambiar de planes. Mi idea era proseguir directamente por el paso de Punta Olímpica, de 4900 msnm, hacia Chacas, para internarme en los caminos de alta montaña hasta llegar a Huancayo, la próxima visita a las Aldeas Infantiles SOS en Perú. Pero el extravío de la cámara de fotos de Franziska en un traslado que realizó después de Vaquerías por un malestar pasajero trastocó las cosas y terminamos yendo hacia Huaraz para lidiar con los trámites burocráticos y hacer la denuncia policial.

Rodando hacia HuarazEn Huaraz nos volvimos a encontrar con casi todos los ciclistas que habíamos conocido en la Casa de Ciclistas de Lucho, que de una manera u otra habían terminado allí. Debido a las vacaciones del feriado por la Independencia Peruana, la capacidad de alojamiento de la ciudad estaba saturada y se encontraba atestada de gente. Huaraz era el centro neurálgico de las empresas de turismo y por ello había un contraste muy fuerte con las demás poblaciones, más pequeñas y autóctonas. Los restaurantes con menús internacionales florecían como hongos en la primavera y los “gringos” pululaban por doquier. No había una arquitectura particularmente atractiva, pero algunas de las vistas de la Cordillera Blanca eran impactantes.

Las gestiones en la policía turística de Huaraz no mejoraron mucho los ánimos con los que veía el lugar. Si bien el Alférez Portacatino cuidó que todos fueran correctos en su trato, su eficacia demostró ser lo opuesto. Tuvimos que ir varias veces a Yungay, donde la policía local, al mando del Mayor Herbert Calderón, aportó su cuota de ineficiencia. Llegamos a rastrear a los dueños del vehículo en cuestión por nuestros propios medios, pudimos identificarlos luego de una persecución en taxi montaña adentro…pero no sirvió de nada. Después de cuatro días desgastantes, sólo conseguimos una denuncia oficial para que Franziska pudiera hacer el reclamo ante su compañía aseguradora una vez de regreso en Suiza. Y así se perdieron un montón de imágenes irreemplazables de los últimos días de travesía.

HuascaranAprovechando un intervalo en las agotadoras gestiones con la policía, aprovechamos para visitar el antiguo emplazamiento de Yungay, destruido completamente por el terremoto de Ancash en 1970. Dicho sismo causó el desprendimiento de una gran mole de hielo, nieve y piedras de la cumbre norte del Huascarán, que arrasó la población provocando su desaparición total, muriendo más de 20.000 habitantes. Hoy en día el lugar es un inmenso mausoleo tributo a las víctimas del desastre natural y una especie de amplio jardín por el que se puede reconstruir la historia del sitio previo al fatídico suceso. Allí conocimos a un anciano Superviviente de Yungayindigente, uno de los pocos supervivientes que aún sigue con vida, con quien pudimos charlar un rato y conocer otros aspectos contados desde el punto de vista de los protagonistas. Simultáneamente conmovedor y escalofriante!

El tiempo pasaba y la visita de Franziska se acercaba a su fin. La topografía que se desplegaba a continuación impedía que pudiéramos seguir avanzando juntos en bicicleta con el margen necesario para que llegara a regresar a Lima para tomar su vuelo a Suiza. Después de los vaivenes vividos en las últimas semanas era evidente que nuestra relación había llegado a un callejón sin salida. Ella regresaba a su realidad, encarando una nueva carrera profesional, y a mí me tocaba seguir con mi travesía por unos cuantos meses más. Era el momento de despedirnos definitivamente. Si bien nuestra convivencia había sido difícil, no podía negar que sentía un gran afecto por ella. Pero teníamos en claro que nuestros caminos iban por rumbos muy diferentes y era mejor cerrar este capítulo allí.

La visita de Nelly y Rodolfo, una pareja suiza que había conocido en su periplo patagónico y que la habían adoptado como a una hija de los caminos, resultó ser oportuna para aliviar el peso de la partida. Quedaba en buenas manos, en familia. Mientras tanto, me tocaba retomar los pedales y encarar el desafío extremo que me presentaba los Andes: sobrevivir los incontables pasos de alta montaña que me aguardaban hasta llegar a Cusco.

Nos dimos un último beso…y nos dijimos adiós.

Hasta la próxima!

Buena senda,

Damián

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Dedicatoria

Poco después de llegar a la Casa de Ciclistas de Lucho, en Trujillo, me enteré de una noticia muy triste. Manuel y Bernardo Martínez Liulsi eran dos hermanos que desde hacía cinco años venían recorriendo los caminos de Latinoamérica. Primero como mochileros y luego como cicloviajeros. Unas semanas antes de mi arribo habían pasado por allí y su impronta aún estaba fresca en el libro de Oro. Venían pedaleando entre Juliaca y Puno, en las cercanías del lago Titicaca, cuando un enajenado del volante, por correr en la pesca de pasajeros contra otra minivan, embistió a Manuel y como resultado, este falleció por el impacto producido en el accidente.

No hay palabras que describan el horror que tuvo que pasar Bernardo. Ni justificaciones al estilo de conducción infradotado del chofer, que inclusive quiso evadir las responsabilidades de sus acciones. La imprudencia e impericia de un imbécil sesgaron la vida de Manuel, que con jóvenes 26 años, aún tenía muchos kilómetros por rodar en los caminos de la vida.

Para vos, querido Manuel, va dedicado este primer tramo pedaleado en Perú. Buena senda en las rutas celestiales!

Agradecimientos

Dorothee & Sven, por su buena onda en ese ocasional encuentro después de Chulucanas. Buena senda para el resto de su viaje!!

Cristian Cuenca Castillo, Javier Galarreta y Marco Palomino, por ese oportuno convite para almorzar de paso por la balanza vehicular antes de Lambayeque.

Cañon del Pato Tunel Cañon del Pato

 

Alberto Vidaurre Malaver, del equipo de ciclistas Los Halcones de Lambayeque, por acompañarme en bicicleta desde Lambayeque hasta Chiclayo!,

Charlie; Michael, Ciska, Jesse y Sammy Verhage; Claire Van der Plank; Raúl Diez García; Max Peer y Alexander Montagnani, por los momentos de camaradería y hermandad propios de los cicloviajeros que compartimos en la Casa de la Amistad en Trujillo. Y por los fortuitos encuentros posteriores!! Buena senda para cada uno de ustedes en sus respectivos proyectos de viajes! Que las ruedas sigan girando…

Trujillo Alex y Max trabajando en las bicis Con Rodolfo, Nelly y Franziska



Al querido Lucho y su familia, Aracelly, Angela y Lance, por permitir que su hogar sea verdaderamente el nuestro. Su sencillez y humildad ensalza su desinteresada hospitalidad y cordialidad sin límites. Gracias por el oasis que han generado en Trujillo, por el contenido humano, por su ejemplo. Hasta siempre mis amigos! Espero que las vueltas del camino nos vuelvan a reunir en el futuro…

Anne Nieuwenburg, por compartir unos gratos momentos junto con Claire y Franziska en laguna Parón y por colaborar con la torta para mi cumpleaños!

Nelly y Rodolfo Gianotti, por su cordialidad y animosidad.

A Franziska Krebs, por tantos recuerdos y buenos momentos compartidos. A pesar de proseguir por caminos separados, tu huella quedará impresa por siempre en mi memoria y me acompañará donde me lleven los caminos…buena senda en esta nueva etapa de tu vida!!

Amigas parada a comer

 

Algunas estadísticas

En este período de pedaleo

Días en el camino: 35

Días de pedaleo: 12

Kilómetros recorridos en bici: 913 km – 167 km en tierra/arena/ripio

Promedio de kilómetros recorridos por día: 76,1 km

Horas sobre la bici: 66h56m (2d18h56m)

Promedio de velocidad: 13,6 km/h

Metros trepados: 6.735 m

Altura máxima: 3037 msnm, Huaraz, Perú (26-07-2009)

En todo el recorrido

Días en el camino: 789

Días de pedaleo: 374

Kilómetros recorridos: 31.269 km - 3403 km en tierra/arena/ripio

Promedio de kilómetros recorridos por día: 83.6 km

Horas sobre la bici: 1.972h35m (81d08h35m)

Promedio de velocidad: 15,85 km/h

Máxima velocidad: 81,5 km/h , bajando el Sunwapta Pass, Canadá (15-08-2007)

Metros trepados: 345.568 m

Altura máxima: 4415 msnm, Páramo Vn. Chimborazo, entre Riobamba y Guaranda, Ecuador (04-01-2009)

Veces que se me puso la piel de gallina de la emoción al recorrer las páginas de los libros de Oro en la casa de Ciclistas de Lucho: muchas! Snif!!!

antidad de bosta de burro que pisé durante el trekking de Santa Cruz: el equivalente a unas cuantas toneladas!!!

 




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