*** LAS CRÓNICAS *** 

Final del camino…inicio de una nueva senda…

4 de Junio de 2007 - Anchorage, Alaska.

El clima parecía no querer mejorar. Había llegado a Alaska hacía 4 días y luego de organizar un poco las cosas y ajustar los últimos detalles, sólo quedaba esperar a que las lluvias me dieran un respiro para poder lanzarme con Maira por los caminos.

Comenzando el caminoLos Kullberg habían sido mis anfitriones durante la última semana, los primeros de tantos que con su generosidad y hospitalidad desinteresada me permitirían ir avanzando poco a poco a través del continente americano. El hormigueo interno se hacía sentir en todo el cuerpo, en el espíritu, en el corazón, que palpitaba cada vez más acelerado a pesar de aún no haberme subido a los pedales. La ansiedad iba ganando terreno y se combinaba con un temor inherente frente al desafío que estaba por encarar.

Desde el confort del hogar que me albergaba observaba el cielo gris y amenazante. Las gotas salpicaban los vidrios, repiqueteando, recordándome el frío del exterior. Daban ganas de seguir al reparo del techo que me cobijaba, pero sabía que era hora de partir.

Rick, viajero de toda la vida, al leer en mi expresión la mezcla de sentimientos que me embargaban se acercó y me dijo con una gran sonrisa:

“Mis mejores viajes siempre empezaron con lluvia. No dudo que será igual para vos.”

Los iniciosY así comenzó esta gran travesía…me despedí de mis amigos, trepé a Maira y puse rumbo hacia los caminos que me aguardaban más allá del umbral de su casa. Lloviznaba. Las gotas que caían del cielo se fundían con las lágrimas de emoción y alegría que rodaban por mis mejillas. Sentía un escalofrío en el cuerpo que nada tenía que ver con el clima reinante. Percibía la piel de gallina debajo de las múltiples capas de ropa que me cubrían. Era el gran día, comenzaba la gran aventura!

Al poco tiempo de andar me detuve, prendí el reproductor de mp3 y cumplí con una ceremonia que había imaginado por años. Desde hacía mucho tiempo la canción de Jorge Drexler, Sea, había alimentado el espíritu del sueño que comenzaba a convertirse en realidad en ese momento.


“Ya estoy en la mitad de esta carretera
tantas encrucijadas quedan detrás…
Ya está en el aire girando mi moneda…
y que sea, lo que, sea…”

Como un himno personal que simbolizaba de alguna manera lo que estaba sucediendo en ese momento, escuchar la canción exacerbó aún más el sentimiento de profunda emoción. Con un nudo en la garganta, tomé una moneda, la lancé al aire y allí comenzaron a girar mis ruedas…

…y que sea, lo que, sea…

13 de Julio de 2008 – Floridablanca, Colombia.

El viaje volvía a iniciarse. Era un nuevo comienzo. Los tiempos, que hasta ese momento venían imponiendo presiones y exigencias para el avance, pasaban a un segundo plano.

Hacía pocos días había llegado a la Aldea Infantil SOS de Floridablanca, en Colombia, pero algo no estaba del todo bien. Estaba abrumado por la vorágine en la que se había convertido la travesía: quería hacerlo todo y no era posible en los plazos que me había planteado originalmente. Me daba cuenta de que se me hacía imposible poder visitar todos los lugares que quería conocer y al mismo tiempo cumplir con el compromiso asumido con las visitas a las Aldeas Infantiles SOS. El cuerpo también me daba señales de fatiga y una faringitis aguda me obligó a tomarme un respiro, lo que me permitió meditar un poco sobre esta situación.

NubiaLa idea de extender el viaje cayó por su propio peso. De esa manera podría incluir otros países que originalmente estaban fuera del itinerario, recorrer más a fondo Sudamérica y realizar un mayor número de visitas a las Aldeas SOS de una forma más intensiva. No era algo trivial, ya que implicaba, entre otras cosas, estar más tiempo alejado de los seres queridos, del hogar que había dejado atrás al comenzar el periplo y, además, el presupuesto inicial se vería reducido a la mitad y habría que ajustarse todavía más el cinturón.

Mientras me debatía sobre qué hacer, una niña de la Aldea SOS, Nubia, se acercó y me regaló una carta. En ella me decía cosas hermosas sobre mi visita a la Aldea y lo feliz que estaba de haber podido conocerme, pero que al mismo tiempo estaba muy triste de que ya me tuviera que ir, que no me quedara un día más con ellos. Era el empujoncito que necesitaba. Sin darse cuenta, logró darme la razón de fondo por la cual era necesario dar este paso: por los niños y niñas de las Aldeas SOS.

La cartita de NubiaEmocionado y conmovido por el gesto de Nubia, supe internamente que ya estaba todo decidido: la travesía se extendería inicialmente por un año más, para llegar a todos los países sudamericanos en los que hubiese Aldeas SOS e incrementaría notablemente el número de visitas, dedicándole más tiempo a cada una de ellas. El aspecto social del viaje tomaba definitivamente el timón de mis pedales para gobernar mi rumbo por completo.

El 13 de Julio de 2008 retomaba los pedales con Maira. Subíamos la larga cuesta hacia el paso de montaña del Picacho, hacia Cúcuta. La neblina había ganado el camino y la visibilidad era casi nula. La vegetación se confundía misteriosamente con el entorno, las curvas aparecían sin aviso y los vehículos me sorprendían con su presencia cuando ya estaban encima de mí. El viento y la humedad calaban los huesos y era necesario mantener el ritmo de pedaleo sin pausas para no perder el calor corporal. La música sonaba en mis oídos suavizando las condiciones del ascenso. Escuchaba por primera vez el nuevo álbum en vivo de Jorge Drexler, cuando de repente, sonó aquella canción que tanto significaba para mí: Sea. Esta vez, en versión acústica. La piel se puso de gallina, se me hizo un nudo en la garganta y cargado de emoción, me detuve, tomé una moneda y la lancé al aire…mis ruedas comenzaba a girar nuevamente…

…y que sea, lo que, sea…

4 de Febrero de 2011 – Ushuaia, Argentina

Pasé la noche casi sin poder dormir. Había acampado adrede en un escondido rincón del lago Fagnano, en perfecta comunión con la imponente naturaleza que me rodeaba. Necesitaba estar solo para poder meditar sobre el significado de la jornada que me esperaba al día siguiente: 4 de Febrero de 2011, la celebración de los 44 meses en los caminos, y al mismo tiempo, el día que marcaba la llegada al extremo sur del continente Americano, en Bahía Lapataia. El final del camino y de esta increíble odisea.

Intentaba conciliar el sueño en vano. Como una película en cámara rápida, las imágenes de las experiencias vividas a lo largo del recorrido se sucedían en mi cabeza mientras lágrimas de emoción humedecían las ropas que usaba como almohada. Parecía mentira que tan sólo 100 kilómetros me separaban del ansiado destino que por tantos años había ansiado lograr alcanzar!

El amanecer me recibió gris y frío. Las renegridas nubes que acechaban el horizonte amenazaban con descargar lluvia en cualquier momento. Había arrancado de ese modo, por qué no culminar de la misma manera?

Las horas pasaron en cámara lenta. La distancia, que se acortaba poco a poco, parecía perder dimensión y sentía que no avanzaba más. Después del mediodía quedó atrás el paso Garibaldi, último cruce de los Andes…se acercaba el anhelado momento de avistar Ushuaia, legendario baluarte en el extremo sur del continente, del que sólo me separaban 25 kilómetros hasta el Parque Nacional Tierra del Fuego, donde me aguardaba el final de la ruta.

El sol y las lluvias se habían ido alternando permanentemente a lo largo de la jornada, que al momento de acercarme al Parque Nacional, ya tocaba su fin. Hacía casi 13 años, un 31 de Marzo de 1998, culminaba mi primer viaje en bicicleta, desde San Martín de los Andes hasta Ushuaia recorriendo la mítica ruta 40. Esa travesía marcaría mi ser para siempre, abriendo nuevos horizontes y marcando rumbos diferentes. Este 4 de Febrero de 2011 me acercaba una vez más a ese mismo lugar. Para muchos, tan sólo un cartel que anuncia el final de la Ruta 3, para mí, un símbolo de una magnitud y dimensión mucho más profundas. El cierre de un ciclo y el comienzo de uno nuevo. El puntapié inicial para recorrer nuevos horizontes que luego de lo vivido, se presentan cada vez más amplios. Un antes y un después.

Final del Camino 1998 Final del Camino 2011

La intensidad de los sentimientos fue en aumento en perfecta sincronía con el avance con Maira. Cada curva del camino, cada subida, cada bajada, me acercaban más y más hacia ese lugar tan especial. Tenía la piel de gallina, el corazón iba latiendo fuertemente independientemente de la exigencia del camino, las lágrimas de emoción y alegría empezaban a brotar en mis ojos. Ya estaba allí, no faltaba nada: 4 kilómetros…3 kilómetros…2 kilómetros…1 kilómetro!!!! El anuncio que indicaba Bahía Lapataia a 400 metros de distancia disparó una serie de sensaciones indescriptibles…y finalmente, con la vista borrosa por el llanto, llegué.

Sonaba en mis oídos una bellísima versión de la canción “Sea”, entonada por Jorge Drexler y la querida “Negra” Sosa. La moneda venía cayendo lentamente…



El cartel estaba allí tal cual como lo recordaba, labrado en madera con brillantes letras amarillas, imposible de pasar desapercibido. Apoyé a Maira en un costado del cartel y lo abracé, lo besé y mis piernas no pudieron sostenerme más. Caí de rodillas y dando rienda suelta todas mis emociones, lloré, lloré embargado por un sentimiento de alegría inmensa, pero sobre todo, de gratitud, porque nunca hubiera llegado a concretar este sueño si no hubiera sido por toda la gente que de una manera u otra aportó su granito de arena para que ese momento que estaba viviendo fuera realidad. Con voz quebrada, repetí una y otra vez: Gracias! Gracias!!!

¡¡¡¡GRACIAS!!!

A los que me recibieron en sus hogares como a uno más de sus familias. A quienes me brindaron su apoyo con un vaso de agua, un plato de comida, un techo donde dormir, unos pesos para mejorar mi calidad de vida en el viaje. A los hermanos del camino con quienes compartimos pedaleadas inolvidables. A los amigos de siempre, los de antes, los de ahora. A los componentes de esa gran cadena solidaria de manos anónimas que día a día me permitieron avanzar con su ayuda desinteresada. A los que dispusieron de su valioso tiempo para poder plasmar las experiencias del viaje y así llegar a compartirlas con el resto de la gente. A los que se interesaron en esta historia de vida y colaboraron en la difusión de la cruzada social. A quienes me brindaron su amor, aportando una cuota de cordura emocional en estos años. A quien amo y seguiré amando. A mis padres, por estar a mi lado en todo momento. A mi hermano, su familia, mis familiares, incondicionales seguidores y propulsores de mis locuras...Gracias! Gracias!!!

¡¡¡¡GRACIAS!!!

Quedaron atrás 44 meses en los caminos, 49.356 kilómetros a puro pedal plenos de experiencias inolvidables. Las 33 visitas a las Aldeas Infantiles SOS a lo largo de 19 países del continente Americano transformaron esta travesía en algo mucho más profundo que un viaje en bicicleta. Con el tiempo, la bicicleta se convirtió en el medio de transporte para llevar el mensaje de Aldeas Infantiles SOS por cada uno de los rincones que me tocaron recorrer. Una cruzada social que guió el rumbo de mis ruedas y nutrió de energía cada uno de los kilómetros recorridos con el amor y el cariño transparente de los niños y niñas que tuve la suerte de conocer. Este viaje fue realizado por ellos, verdadero motor e inspiración de mis pedales. A todos ellos,

¡¡¡¡GRACIAS!!!

Final del camino…inicio de una nueva senda…

¡¡¡¡MISION CUMPLIDA!!!!

A seguir rodando la vida!!

Es hora de regresar a casa…

Una nueva moneda comienza a girar en el aire…y que sea, lo que, sea…

Las imágenes del gran día…


Este video casero fue pensado como una manera de agradecer a toda la gente que, a pesar de la distancia, estuvo conmigo en el momento de la llegada al final del camino. Espero que refleje
mínimamente lo que fueron esos últimos kilómetros y que les permita vivir las emociones que me
embargaron en esas horas…juntos, en espíritu y alma!

Gracias por su incondicional apoyo y la compañía a lo largo de tantos kilómetros!



Mercedes Sosa y Jorge Drexler - Sea

Hasta la próxima y ¡¡¡BUENA SENDA!!!


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